Noelia Sierra
jueves, 9 de febrero de 2012
Me despierto con el tercer pitido de mi despertador cuando marca las 7:38. Me levanto y me siento en la cama a pensar la ropa de hoy. Abro los cinco primeros agujeros de la persiana y al ver que llueve me deprimo. Decido ponerme los leggins y una sudadera, no me apetece tener que cambiarme en clase con este frío siberiano. Desayuno. Salgo por la puerta y me digo a mi misma la frase de todos los días: ¡que frío! Subo la cremallera de mi chaqueta y me refugio en el pañuelo que llevo al cuello. Camino 10 metros y me encuentro a mi compañera de las mañanas y mientras ella me habla de sus cosas, como todos los días, yo sólo puedo pensar en las mías. A las 8:16 ya estamos en el instituto. Ya llevo unas 7 sonrisas en lo que va de mañana y, aunque no sea lo que más me apetece, esbozo otras 1000 más. Ya son las 8:20 y yo estoy subiendo las escaleras, inconscientemente. Aún estoy dormida. 6 horas más tarde salgo corriendo del aula en la que nos mantenemos encerrados las mañanas enteras. No me apetece nada más que irme, estar sola, no pensar, no hacer nada. Y ahora, a las 4:43 de la tarde sigo pensando que hoy es uno de los días que no merecen aparecer en el calendario. Por suerte, en un par de días, estará olvidado en mi mente.