Hacía tiempo que me había prometido no escribirte ninguna entrada, para que la costumbre no esconda a la sorpresa, para que la rutina no acabe con la intriga, para que vuelvas a revisar tu móvil inquietante, para que te sientas el cazador y la presa.
Hoy es martes. Tuve nerviosismos y algún miedo. El perro no tenía ganas de jugar y el colacao me sabía a calendario. Hoy me dije que no debía decirte tanto, que debía convertir la interrogación en un anzuelo para pescarte el corazón y masticarlo. Hoy me desperté prudente, temerosa, consciente de mis años y de mis errores, rememorando mis viejos tiempos. Hoy fui una mujer normal durante un rato, una fiable compradora de algo que nunca había necesitado. Hoy, durante un par de horas, recordé todo lo malo que nos ha pasado. Pero luego recordé que te vería esta tarde. Recordé que volvería a admirar esos ojos llenos de preguntas cuyas respuestas sabemos los dos, y esa sonrisa con una decisión irrevocable que me borra las cicatrices y me escribe lo importante. Entonces pensé que estás aquí por razones que no alcanzo a entender, pero que no merezco. Y me di cuenta de que todos los problemas son pasajeros, y que a mi no me corresponde ser normal, sólo ser cierta. En fin, es lo que tienen el amor y los momentos de bajón: unos te hacen sentir al borde de la muerte y el otro te hace buscar el filo de la vida y afilarlo.
Ah, la entrada que me había prometido no escribirte era esta.
Y mira tu móvil, acabo de enviarlo.