martes, 8 de mayo de 2012
Él ya sabía que ella era una chica con los labios besados, que era demasiado loca y divertida, que se podía derrumbar de un momento a otro, pero que en menos de una décima de segundo se inyectaba a sí misma ésa dosis de felicidad que le cambiaba el día. Sabía que ella no le tenia miedo a la vida porque había aprendido a reírse de ella. Sabía que tenía miedo a las alturas porque más de una vez había estado a tres metros sobre el cielo y había acabado en el suelo. Sabía que sus sueños se habían roto mil veces y que había dedicado las noches frescas de verano a unir los pedazos. Que nada ni nadie consiguió nunca borrarle la sonrisa. Sabía que su mundo empezaba en las nubes y acababa en las estrellas. Sabía que era todo lo contrario a él, que ella era como las locuras de los sábados noche y él como las agitadas tardes de viernes, que ella ni si quiera se preocupaba de su presente y el vivía planeando su futuro y recordando su pasado. Él era el sur y ella hacía mucho que había perdido el norte. Y aunque lo sabía, allí estaba él, mirándola como un idiota, enamorado de ella hasta las trancas.
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