No quiero que me quieras por ser buena (nadie miente mejor que el que aprendió el oficio engañándose a sí mismo). No quiero que me quieras porque estoy, pues tengo la costumbre de marcharme, casi sin remordimientos, cuando alguien ignora mis indicios. No quiero que me quieras sólo por lo que escribo (mis palabras son románticas rameras que dicen la verdad, pero siempre me han consentido). No quiero que me quieras por estar disponible (no hay mayor egoísmo que darse sin medidas y sentirse necesario para quien te resulta imprescindible). No quiero que me quieras porque intuyes que te espero, aunque me muestre inofensiva para no espantarte. No quiero que me quieras porque sabes que te quiero. Ya lo dijo Sabina, pero ahora lo digo yo, que no aprendí a callarme a tiempo: "yo quiero que me quieras como quieras, como inventes y sepas, como menos te duela y te mate por dentro, como mejor te salga, como el peor secreto, como no puedas querer de nuevo". Yo quiero que me quieras a tu manera. Que lo digas poco y lo sientas todo el tiempo. No quiero que me quieras porque estoy enferma, si no, porque no te queda más remedio. Y si no puedes quererme así, de un modo imperfecto pero inédito, entonces... entonces mejor no me quieras.
