Sin saberlo está haciendo que mi mente no haga otra cosa que no sea pensar en él o en cosas insignificantes, tales como cuánto lo echo de menos en ésta tarde fría de domingo. También está haciéndome feliz cuando sonríe, cuando me abraza o cuando me dice que me quiere más que a nadie. Sin saberlo, está convirtiéndome en la princesa que acompaña a su príncipe. Está provocandome ganas de tenerlo conmigo cada segundo que pasa, ganas de sentirle cerca, ganas de él. Sin saberlo, está enamorándome.