Se acercó y, con unas cuantas copas de más, más ganas que de costumbre y la verguenza perdida, le di dos besos y lo llamé por el nombre que tantas veces sonaba en mi cabeza a lo largo del día. Con una sonrisa me dijo "¿qué adelantas sabiendo mi nombre? Cada noche tengo uno distinto, ahora apártate, me lanzo a buscar..." Molesta, le contesté "imagino que será una mujer guapa, de las que se dejan llevar", "algo más, una amante que se atreva a perderme el respeto, ¿quieres probar?" Apuré mi cerveza y en menos de dos tragos estábamos fuera de allí. Al llegar a su portal nos buscamos, como los dos estudiantes en celo que eramos. Nos bajamos un piso antes del séptimo cielo y para el último gramo nos sirvió la foto de boda de sus padres. No faltó ni desfile de moda en ropa interior. "En mi casa no hay nada prohibido, pero no vayas a enamorarte" sentenció, exigiéndome "cuando acabemos, debes olvidar que me has conocido, que has estado en mi cama, hay caprichos de amor que no debo tener" pero, sin quedarme corta respondí, "me han traído hasta aquí tus caderas, no tu corazón". Y luego, ¿para qué más detalles? Copas, risas, besos, excesos.
Al sábado siguiente volví a aquel bar, a brindar con el espacio vacío que dejaba su presencia. Entonces fue cuando, al pedirme una cerveza bien fría, soñé que era su ardiente voz la que me decía al oído "me muero de ganas de hacerlo otra vez, princesa".
